Inmaculado Corazón de María

Homilía del Cardenal Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, pronunciada el sábado 3 de noviembre de 2012, en la Basílica de San Pedro de Roma

 

Sua Eminenza, il cardinale Cañizares LloveraQueridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Eucaristía, donde se realiza el sacrificio redentor de Cristo, que se ofrece al Padre en la Cruz, en un sacrificio total por los hombres. Al pie de la Cruz, se encontraba María, su Madre. Y es allí donde Jesús nos la ha dado como Madre. Jesús se ha dado por entero a nosotros, hasta darnos a su Madre.

Al pie de la Cruz del Hijo, se encontraba María Santísima, Madre del Amor y Madre Dolorosa, por ser la Madre del «Hombre de Dolores». Junto a la Cruz de Nuestro Señor se devela por completo el misterio del Corazón Inmaculado de María y la sabiduría de Dios que la envuelve y la habita, sabiduría del amor que se hace plenamente presente en el Hijo, que nos ha amado hasta el fin, como en el sacrificio de la Eucaristía. La Virgen no abandona a su Hijo, Jesús, Hijo de Dios vivo, de quien es inseparable. Lo acompaña al Calvario, hasta el árbol de la Cruz, y lo recoge en sus brazos en el Descendimiento de la Cruz, inanimado, antes de su sepultura.

Al contemplar el Corazón Inmaculado, santísimo, de María, unido al Sagrado Corazón de Jesús, derramamos lágrimas de dolor y le presentamos nuestras súplicas confiadas, con amor sincero y confianza filial. El Corazón Inmaculado de María resplandece como un signo de consuelo y de firme esperanza para todos, y refleja la insondable ternura de Dios. Ella nos dio al Salvador y toda la alegría de su intercesión maternal es conducirnos a Él. Sería bueno que aprovechando su cercanía con todos y cada uno de nosotros, sus hijos, con nuestros sufrimientos, pudiéramos escuchar la voz de su Hijo, a quien acompaña al pie de la Cruz. Ese Hijo, que nos llama a volvernos a Dios, a mirar a Dios, a convertirnos a Dios con una vida conforme a la fe cristiana, una vida llena de la caridad de Dios, que es la única y verdadera sabiduría.

El Corazón Inmaculado de María, Madre de Piedad, en su amor y su entera proximidad a nuestros sufrimientos, nos invita a seguir a su Hijo, atrayendo hacia Él a todos los que están cansados, oprimidos por la vida, para entrar en la alegría, el consuelo, la esperanza que Dios nos ha reservado. El pueblo sencillo y fiel que acude a los pies de María, a su Corazón Inmaculado, extenuado bajo el peso de la vida, agobiado y afligido por sus pecados, encuentra en María, en su Corazón Inmaculado, el misterio de Cristo y de su Sagrado Corazón, que, en definitiva, es el amor de Dios. Justamente es allí, en la ternura de María, en su corazón santísimo, sus dolores y sus lágrimas, en sus ojos misericordiosos, donde descubrimos el amor infinito de Dios. En María, el pueblo, oprimido bajo el peso de sus sufrimientos y pecados, entrevé el amor del Padre, el don de este amor que es Cristo, en quien hemos sido amados sin límites, y la comunicación de este amor a nuestros corazones, que es el Espíritu Santo.

La Bienaventurada Virgen María al pie de la Cruz, donde nos ha sido entregada como Madre, al pie de la Cruz gloriosa en que se consuma la hora de Jesús, quien la acepta con plena obediencia al Padre, nos remite, de alguna manera, al momento simbólico de las Bodas de Caná, donde el pedido de la Madre a los servidores anticipa la hora del Hijo: «Haced lo que Él os diga». Palabras llenas de amor, de consuelo y de esperanza, también para nosotros.

Estas palabras contienen un mensaje de importancia vital para quien contempla el Corazón Inmaculado de María, un mensaje imprescindible para los hombres de todos los tiempos: «Haced lo que Él os diga». Aquí es donde se encuentra la verdadera sabiduría, la que es agradable a Dios. «Haced lo que Él os diga» quiere decir simplemente: «Escuchad a Jesús, mi Hijo, crucificado pero salvado ya por su Cruz gloriosa. Escuchad su palabra, la palabra del silencio de la Cruz, donde Dios habla y se dice enteramente. Acogedlo, seguidlo de la única forma posible: cargando la Cruz. Confiad en Él, verdaderamente y sin reservas, ofreciéndoos a Él como Él se entregó en las manos del Padre, obediente hasta el fin, hasta dar su Vida con un amor total, sin reticencia alguna, con plena decisión. Entonces veréis cómo todo se renueva, comprenderéis que con Él llega la alegría, el “vino nuevo” del amor, la victoria del amor sobre el odio y la violencia, el triunfo de la vida que transforma la muerte en vida y la victoria de la misericordia que llena el corazón del hombre y lo renueva todo. Por Él, todo cambia, todo se renueva, se transforma y se transfigura».

Debemos aprender a decir sí al Señor. Un sí lleno de alegría y de confianza. El Corazón Inmaculado de María, centro de su persona, de quine es la llena de gracias, santísima, la Virgen Inmaculada, la sierva fiel del Señor, totalmente sometida a la palabra de Dios, que vivió toda su vida con una total apertura a Dios, en perfecta armonía con su voluntad y con plena sumisión y obediencia a Aquél que ha hecho «grandes cosas» en Ella y por Ella. Así es su Corazón Inmaculado. Siempre y a cada instante, en especial en los momentos más difíciles, que alcanzaron su auge al pie de la Cruz, María puso todo su corazón, toda su vida en las manos de Dios, repitiendo siempre su «sí», mediante el cual la salvación llegó a los hombres. «He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra». La existencia histórica de María, como la de su Hijo, se desenvuelve entre el «Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad » de Jesús, en el primer instante de la Encarnación, hasta el « no se haga mi voluntad, sino la tuya» para concluir con el «entre Tus manos encomiendo mi espíritu» consumado en la Cruz.

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«Haced lo que Él os diga». Esta breve frase encierra todo el programa de vida que la Santísima Virgen, después de haberlo conservado y meditado en su Corazón Inmaculado, hizo suyo y cumplió como primera discípula del Señor, y es el que nos enseña hoy. Se trata de un proyecto fundado sobre la base sólida y segura que se llama Jesucristo. Es el mismo fundamento que tanto el Beato Juan Pablo II como el papa Benedicto XVI nos han indicado como programa para este nuevo milenio. De hecho, ambos, con ocasión de este nuevo milenio, han hecho suya la pregunta dirigida a Pedro el día de Pentecostés: Hermanos, «¿qué debemos hacer?»

Nos hacemos esta pregunta con confiada esperanza, aunque sin subestimar los problemas actuales. La ingenua convicción de que existe una fórmula mágica para enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo no nos convence. No, no será una fórmula la que nos salvará, sino una persona, con la certeza que Jesús nos infunde: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». No se trata, pues, de inventar un nuevo programa.

El programa ya existe. Es el de siempre, contenido en el Evangelio y la Tradición viva. Se funda, en definitiva, en Cristo mismo, a quien debemos conocer, amar e imitar para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia, hasta su perfección en la Jerusalén celestial, del mismo modo en que el Corazón Inmaculado de María está unido a Él. Es un programa que no cambia con el paso del tiempo y de las culturas, aun cuando tiene en cuenta el tiempo y las culturas para un diálogo auténtico y una comunicación eficaz. No se trata de ideas, de valores, sino de una persona, Jesucristo, y es el encuentro con Él, y sus consecuencias, lo que obtiene la Salvación. ¿No es acaso éste precisamente, el programa que debemos retomar con voluntad y fuerza renovadas en este Año de la Fe?

Queridos hermanos y hermanas, acerquémonos a la Virgen María y presentémosle nuestras súplicas filiales, a fin de que nos conduzca a su Hijo Jesús. Santísima Virgen María, Madre y Señora nuestra, Corazón Inmaculado de María, «muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre »; mediante tu intercesión, ayúdanos a ir a Él con tu auxilio y tu protección, para encontrarlo y «hacer lo que Él nos diga». Así, imitando tu ejemplo de discípula fiel y de sierva del Señor, podremos gozar, en esta etapa de la historia, del «vino nuevo» que anticipa la hora final y llena toda la realidad de la felicidad de la presencia de tu Hijo, Nuestro Señor.

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Celebramos el sacrificio eucarístico en la hora de Nona, la hora de la Cruz, la hora de la misericordia. Demos gracias a Dios que nos permite celebrar el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección, el memorial del misterio pascual de Cristo. Lo celebramos en la forma extraordinaria del único rito romano, según el Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI. Celebramos también esta misa el día en que la Iglesia de Roma recuerda a Santa Silvia, madre de Gregorio el Grande.

Todos los que participamos en esta Santa Misa, en este sacrificio de comunión y de alabanza de toda la Iglesia, queremos que sea verdaderamente una acción de gracias a Dios por todas las obras llevadas a cabo por el Santo Padre Benedicto XVI, especial, el Motu Proprio Summorum Pontificum, que constituye un don para toda la Iglesia, misterio de comunión, tradición viva y perenne que recibimos de los siglos pasados. En este año de la Fe, deseamos que sea, de acuerdo con el espíritu y el sentido litúrgicos proclamados por la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, una verdadera y real manifestación litúrgica de amor a la Iglesia y fidelidad a la Cátedra de Pedro. Queremos que sea también un signo y un testimonio de solidaridad y apoyo filial y afectuoso de los peregrinos aquí reunidos al Santo Padre, en las difíciles circunstancias actuales; y la expresión del deseo de participar en el movimiento y el impulso evangelizadores que el Papa, pastor supremo de la Iglesia, quiere dar a toda la Iglesia, al ofrecer de nuevo la juventud de la liturgia tradicional, que acompañó a los Padres conciliares durante todo el desarrollo del Concilio Vaticano II, que suscita hoy, más que nunca, numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas en el mundo dispuestas a evangelizar.

El gesto que hoy llevo a cabo quiere mostrar, una vez más, que nadie sobra en la Iglesia, como lo dijo el Papa durante su viaje a Francia. La sagrada liturgia se diferencia de las devociones privadas de los fieles por el hecho de que es el culto público de la Iglesia, celebrado con fe, con dignidad y siguiendo las prescripciones de los libros litúrgicos. Esta Santa Misa en forma extraordinaria, promovida por el Coetus internationalis Summorum Pontificum, debe constituir un signo de obediencia y de comunión con el Papa. Por esta comunión afectiva y efectiva con el Sumo Pontífice y los obispos unidos a él, somos católicos. Pedimos insistentemente la unidad –que viene de «unus», de estar juntos alrededor de Uno, Uno y Trino– y la paz, sinónimo de comunión –de «cum munera»–, poner juntos los carismas de cada uno. Pedimos que crezca la fraternidad entre todos en la caridad de Cristo.

Que Santa María, Madre de la Iglesia, Bienaventurada porque ha creído, Estrella de la Evangelización, nos ayude a todos los que nos alimentamos con el don del pan de Vida y la Palabra de Dios. Que el Corazón Inmaculado de María, enteramente unido al Hijo inmolado y abrumado por nuestros pecados, inseparable de la Cruz, al pie de la cual nos fue dada por Madre, nos muestre sus entrañas de misericordia, en particular a quienes estamos agobiados por el dolor y el sufrimiento, con quienes se identifica su Hijo Jesucristo.

Junto con el Romano Pontífice, confiamos a la Madre de Dios este momento de gracias. Ella nos conducirá a su Hijo, de quien nos podemos fiar. Será Él quien nos ayude, incluso en los momentos difíciles, a descubrir el camino de la fe y quien ilumine más claramente nuestra alegría y nuestro entusiasmo renovados por el encuentro con Cristo. Así sea.

 

Omelia del cardinale Cañizares in San Pietro per la Santa Messa conclusiva del pellegrinaggio

Messa votiva del Cuore Immacolato di Maria

(Basilica di San Pietro – 3 novembre 2012)

Sua Eminenza, il cardinale Cañizares LloveraCari Fratelli e Sorelle, 

Celebriamo l’Eucarestia, dove ha luogo il sacrificio redentore di Cristo che si offre al Padre nella croce come sacrificio totale per gli uomini. E accanto alla Sua croce, stava Maria, Sua Madre. E qui che Gesù ci ha consegnato Maria come Madre nostra. Gesù si è consegnato tutto, ci ha dato persino Sua Madre. 

Accanto alla croce del Figlio, troviamo Maria Santissima, Madre dell’Amore e Signora Addolorata, perché Madre di Colui che è l’«Uomo dei dolori». E’ accanto alla croce del Signore che ci viene interamente svelato il mistero del Cuore Immacolato di Maria, e la sapienza di Dio che avvolge e la penetra, sapienza dell’amore che si fa pienamente presente nel Figlio, che ci ha amato fino all’estremo, come accade nel sacrificio dell’Eucarestia. La Vergine non lascia il suo Figlio, Figlio di Dio vivo, Gesù, dal quale è inseparabile; lo accompagna al Calvario, accanto al legno della croce, fino a riceverlo sul suo grembo, tolto dalla croce, esanime, prima di essere sepolto.

Contemplando il Cuore Immacolato, tutto santo, di Maria, uniti al sacro Cuore di Gesù con l’amore sincero e la fiducia dei figli, versiamo le nostre lacrime di dolore e presentiamo le nostre suppliche fiduciose. Il Cuore Immacolato di Maria splende come segno di consolazione e di speranza ferma per tutti, e riflette l’inesauribile tenerezza di Dio. Ella ci ha portato il Salvatore e tutta la gioia della sua materna intercessione è mediare per portarci a Lui. Sarebbe bene che nella sua vicinanza alle nostre sofferenze, a tutti e a ciascuno di noi, suoi figli, potessimo ascoltare la voce del suo Figlio, che accompagna accanto alla croce; quel Figlio che ci chiama a tornare a Dio, a guardare Dio, a convertirci a Dio in una vita conforme alla fede cristiana, una vita piena della carità di Dio, che è l’unica e vera sapienza.

Il Cuore Immacolato di Maria, Madre di Pietà, nel suo amore e prossimità totale alle nostre sofferenze, ci invita a seguire il suo Figlio, a venire da Lui tutti quelli che sono affaticati ed oppressi dalla vita per entrare nella gioia, nella consolazione, nella letizia e nella speranza che Dio ci ha riservati. La gente che viene ai piedi della santa Maria, al suo Cuore Immacolato, il popolo fedele e semplice, estenuato dal peso della vita, schiacciato anche dei peccati che lo affliggono, capisce in Santa Maria, nel suo Cuore Immacolato, il Mistero di Cristo, del Suo Sacro Cuore, che, in ultimo termine, è l’amore di Dio. È proprio lì, nella tenerezza di Maria, nel suo cuore santo, nel suo dolore e nel suo pianto, nei suoi occhi misericordiosi, che scoprono l’infinito amore di Dio. In Maria, il popolo, carico delle loro sofferenze e le loro colpe, intravede l’amore del Padre, il dono di questo amore che è Cristo, nel quale siamo stati amati senza limiti, e la comunicazione ai nostri cuore di questo amore, che è lo spirito Santo.

La Beata Vergine Maria, che “stava” accanto alla croce e ci era stata data come nostra Madre proprio lì, accanto alla croce gloriosa, dove arriva l’ora di Gesù, che la compie in piena obbedienza al Padre, ci rimanda, in qualche modo, al momento evocatore delle nozze di Cana, in cui la supplica della Madre anticipa l’ora del Figlio: «Fate quello che Lui vi dirà» annuncia ai servi. Parole cariche di amore, di consolazione e di speranza, anche per noi!

Le suddette parole racchiudono un messaggio di vitale importanza, ancora più contemplando il Cuore Immacolato di Maria. Un messaggio imprescindibile per tutti gli uomini di tutti i tempi: «Fate quello che Lui vi dirà». Qui si trova la vera sapienza, quella che è gradita a Dio. «Fate quello che Lui vi dirà» vuol dire semplicemente “Ascoltate Gesù, mio Figlio, Crocifisso, la cui ora di salvezza è già arrivata nella croce gloriosa. Ascoltate la sua parola, la parola del silenzio della croce, dove Dio parla e si dice tutto se stesso. Accoglietelo, seguite Lui, nell’unico modo possibile: portando la croce. Fidatevi di Lui, in verità e senza riserve, consegnandovi a Lui come Egli si è consegnato nelle mani del Padre, in totale obbedienza, fino a donare la Sua vita in amore totale, senza nessuna reticenza, con totale decisione. Allora vedrete come tutto è diverso, percepirete che con Lui arriva la gioia, il «vino nuovo» dell’amore, la vittoria dell’amore sull’odio e la violenza, il trionfo della vita, che tramuta la morte in vita, la vittoria della misericordia che riempie il cuore dell’uomo e tutto rinnova. In lui, tutto cambia, tutto si rinnova, si trasforma e si trasfigura”.

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Abbiamo bisogno di imparare a dire di sì al Signore. Un sì pieno di gioia e di fiducia. Il Cuore Immacolato di Maria, centro della sua persona, di colei che è la piena di grazia, la tutta santa, la vergine immacolata, l’Ancella fedele del Signore, totalmente sottomessa alla Parola di Dio, che ha vissuto tutta la sua vita in totale apertura a Dio, in perfetta armonia con la Sua volontà e in totale sottomissione e obbedienza fedele a Colui che «ha fatto grandi cose» in Lei e per Lei. Così è il suo Cuore Immacolato. Sempre e in ogni momento, particolarmente nei momenti più difficili che hanno raggiunto il loro culmine accanto alla croce. Maria ha messo tutto il suo cuore, tutta la sua vita, nelle mani di Dio, mantenendo sempre il suo “si”, per mezzo del quale è arrivata la salvezza agli uomini: «Ecco la serva del Signore, si faccia in me secondo la tua parola». Come il suo Figlio, l’esistenza storica di Maria si sviluppa nel «Eccomi o Dio per fare la tua volontà», che Gesù vive dal primo istante dell’Incarnazione, e fino al «si faccia non quello che io vorrei, ma quello che tu voi. Nelle tue mani consegno il mio spirito» consumato nella croce.

«Fate quello che Lui vi dirà». Questa breve frase racchiude tutto il programma di vita, che conservato e meditato nel suo Cuore Immacolato, la Santa Vergine custodì e portò a compimento come prima discepola del Signore, e che oggi lei ci insegna. Si tratta di un progetto fondato nella base solida e sicura che si chiama Gesù Cristo. È lo stesso fondamento che, tanto il Beato Giovanni Paolo II, come Papa Benedetto XVI, ci mostrano come programma per questo nuovo millennio. Tutti e due, infatti, nell’oggi di questo nuovo millennio, raccolgono la domanda diretta a Pietro nel giorno della Pentecoste: «Che cosa dobbiamo fare noi, fratelli?» noi ce lo domandiamo con fidata speranza, pur senza sottovalutare i problemi di oggi. Non ci soddisfa certamente l’ingenua convinzione che esiste una formula magica per affrontare le grandi sfide del nostro tempo. No, non sarà una formula a salvarci, bensì una Persona, e la certezza che Gesù stesso ci infonde: «Io sono con voi tutti i giorni, sino alla fine dei tempi». Non si tratta, poi, di inventare un nuovo programma. Il programma già esiste. È quello di sempre, raccolto nel Vangelo e la Tradizione viva. Esso è concentrato, in definitiva, nel Cristo stesso, che dobbiamo conoscere, amare e imitare, per vivere in Lui la vita trinitaria e trasformare, con Lui, la storia, fino alla sua perfezione nella Gerusalemme celeste, così come si è unito a Lui il Cuore Immacolato di Maria. È un programma che non cambia col passare dei tempi e delle culture, anche se ha conto dei tempi e delle culture per un dialogo verace e una comunicazione efficace. Non sono delle idee, non sono dei valori, si tratta invece di una Persona, Gesù Cristo, ed è l’incontro con Lui, e la sua sequela, che ci danno la salvezza. Non è forse questo che dobbiamo rinnovare con innovata decisione e forza in quest’anno della fede?

Cari fratelli e sorelle, avviciniamoci alla Vergine Maria e presentiamo a lei le nostre suppliche di figli affinché ci porti fino al suo Figlio, Gesù. Beatissima Vergine Maria, Madre e Signora nostra, cuore Immacolato di Maria «mostraci il frutto benedetto del tuo seno, Gesù»; aiutaci con la tua supplica, ad andare fino al tuo Figlio, con il tuo aiuto e la tua protezione, per incontraci con Lui e «fare quello che Lui ci dirà». Così, seguendo il tuo esempio come discepola fedele e serva del Signore, potremo gioire in questa tappa della storia, del «vino nuovo» che anticipa l’ora finale, e riempie tutta la realtà della felicità della presenza di tuo Figlio, nostro Signore.

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Stiamo celebrando il sacrificio eucaristico, all’ora di Nona, l’ora della croce, l’ora della misericordia. Rendiamo grazie a Dio che ci permette di celebrare il memoriale della passione, morte e risurrezione, il memoriale del Mistero Pasquale di Cristo. Lo celebriamo nella “forma extraordinaria” dell’unico Rito Romano, in conformità con il Motu Proprio “Summorum Pontificum”, del Papa Benedetto XVI. Celebriamo anche questa Messa nel giorno nel quale la chiesa di Roma ricorda Santa Silvia, madre di san Gregorio Magno.

Vogliamo, noi tutti partecipanti a questa Santa Messa, che questo sacrificio di comunione e di lode di tutta la Chiesa sia veramente un ringraziamento a Dio per tutta l’opera che il Santo Padre, Benedetto XVI, realizza, in particolare per il suo Motu Proprio “Summorum Pontificum”, che è un dono per tutta la Chiesa. Desideriamo, nell’Anno della Fede, che questo mistero di comunione, tradizione viva e perenne ereditata dai secoli, sia una reale e vera manifestazione liturgica di amore alla Chiesa e di fedeltà alla Sede di Pietro, secondo lo spirito e il senso liturgico proclamato dalla Costituzione “Sacrosanctum Concilium” del Concilio Vaticano II. Vogliamo anche che sia un segno e una testimonianza di appoggio e di sostegno filiale e affettuoso dei pellegrini qui riuniti al Santo Padre, nelle circostanze difficili di oggi. Infine, è l’occasione di esprimere la nostra volontà di partecipare al movimento e all’impulso evangelizzatore che il Papa, Pastore Supremo della Chiesa, vuol dare a tutta la Chiesa, offrendole di nuovo la giovinezza della liturgia tradizionale, che ha accompagnato i Padri conciliari per tutto lo svolgimento del Concilio Vaticano II, e che suscita oggi più che ai numerose vocazioni sacerdotali e religiose nel mondo disposte a evangelizzare.

Il gesto che oggi sto compiendo, vuole mostrare una volta di più che nessuno è di troppo nella Chiesa, come disse il Papa nel suo viaggio in Francia nel 2008. La sacra liturgia si differenzia dalle devozioni private per il fatto che è il culto pubblico della Chiesa celebrato con fede, dignità e osservando le prescrizioni dei libri liturgici. Questa santa Messa in forma straordinaria promossa dal “Coetus Internationalis Summorum Pontificum”, deve rappresentare un segno di obbedienza e comunione con il Papa. Con questa comunione, affettiva e effettiva col Sommo Pontefice e i Vescovi uniti con lui, siamo cattolici. Chiederemo insistentemente l’unità – viene da “unus” cioè stare insieme intorno ad Uno, Uno e Trino –, e la pace, sinonimo della comunione – viene da “cum-munera” – mettere insieme i carismi di ciascuno. Chiediamo che cresca la fraternità tra tutti nella carità di Cristo.

Che Santa Maria, Madre della Chiesa, felice perché ha creduto, Stella dell’evangelizzazione, ci aiuti tutti, nutriti con il dono del Pane della Vita e della parola di Dio. Che il cuore Immacolato di Santa Maria, pienamente unito al Figlio immolato e schiacciato per i nostri peccati, inseparabile dalla Croce dal cui fianco ci è stata data come Madre, ci mostri le sue viscere di misericordia, specialmente a quelli che soffrono e sono oppressi dai dolori e dalle sofferenze, e con i quali il suo Figlio Gesù Cristo s’identifica. Col Romano Pontefice affidiamo alla Madre di Dio questo tempo di grazia. Ella ci conduce a suo Figlio, al quale possiamo affidarci. Sarà Lui ad aiutarci, anche nei tempi difficili, a scoprire il cammino della fede per illuminare più chiaramente la gioia e l’entusiasmo rinnovato dell’incontro con Cristo. E così sia. Amen

Il pellegrinaggio della messa tradizionale a Roma: un coronamento ma anche un momento propulsivo

di Jeanne Smits – Emozione e riconoscenza: ecco i due sentimenti che, di sicuro, hanno  animato le centinaia di pellegrini che hanno partecipato ai diversi appuntamenti proposti dal Coetus Internationalis Summorum Pontificum dal primo al tre novembre, e le migliaia di persone, soprattutto laici, che hanno partecipato al momento culminante, nella Basilica di S. Pietro, sabato pomeriggio.

Emozione di vedere davvero onorata la liturgia tradizionale, in tutta la bellezza che le è propria. E non è un caso se la messa di commemorazione di tutti i defunti, venerdì, nella chiesa della Trinità dei Pellegrini, ha radunato un numero considerevole di fedeli. Celebrata da Mons. Sciacca, Segretario del Governatorato della Città del Vaticano, essa fa parte dei riti che contrastano più violentemente con il loro corrispondente nella liturgia “ordinaria”: che ha “dimenticato” i paramenti neri, “dimenticato” il lato terribile della morte, “dimenticato”, troppo spesso, le preghiere per strappare i defunti dagli artigli dell’inferno…

La chiesa della Trinità dei Pellegrini, parrocchia personale interamente dedicata alla liturgia tradizionale, è uno dei numerosi e, inizialmente, inattesi frutti del Motu Proprio. Affidata nel 2008 alla Fraternità San Pietro, essa accoglie molti pellegrini di passaggio a Roma; soprattutto, è sovente visitata da seminaristi e da sacerdoti che si stanno formando nella città eterna, e che vengono qui a scoprire una liturgia che non conoscono. Molti di loro non si limitano a soddisfare una curiosità, ma chiedono di imparare a celebrare la
liturgia tradizionale, e spesso lo fanno proprio lì.

Noi eravamo presenti solo all’appuntamento di sabato, ed abbiamo potuto vedere e vivere sul posto la profonda pietà e l’atmosfera di pace del pellegrinaggio. Dopo l’adorazione eucaristica per tutta la mattinata a San Salvatore in Lauro, sull’altra sponda del Tevere, alla quale hanno assistito numerosi sacerdoti e chierici, centinaia di fedeli si sono ritrovati per una processione contraddistinta dal canto degli inni latini tradizionali e delle litanie dei santi. In un istante, la grande diversità delle origini nazionali e linguistiche non ha più costituito un problema. Si pregava, si cantava insieme grazie alla lingua latina, che è il patrimonio comune di tutti i fedeli di rito latino…

A quando risaliva una processione come questa, all’ombra di Castel sant’Angelo, e poi lungo la corsia centrale di via della Conciliazione? È stata la marcia lenta e solenne, sotto lo sguardo sbalordito dei numerosi turisti del week-end di Ognissanti (“È per un film?”), di centinaia e centinaia di persone che rendevano a loro modo “visibile” la Chiesa. Cosa certo non originale a Roma, ma che in quell’occasione significava molto.

Stessa impressione di forza e di pace in Basilica… Bisogna sottolineare la caratura dei partecipanti: accanto al Cardinal Canizares, il cerimoniere era don Almiro de Andrade, della Commissione Ecclesia Dei; mons. Juan Miguel Ferrer Grenesche, sotto-segretario del Culti Divino, era il prete assistente; il diacono, don William Barker, è vicario alla Trinità dei Pellegrini; il suddiacono era il domenicano padre Réginald-Marie, della Fraternità San Vincenzo Ferrier; il secondo cerimoniere, don Marco Cuneo, della diocesi di Albenga-Imperia. Era anche presente, come “familiare”, don Rinaldo Bombardelli, il sacerdote che ha “riportato la messa tridentina a Trento”, dopo averla scoperta grazie al Motu Proprio.

Si vedevano dei sacerdoti “felici come dei bambini a Natale”, ha commentato uno degli organizzatori uscendo dalla messa. Se quella stessa mattina non ci fosse stata la messa celebrata da Benedetto XVI in San Pietro per i cardinali defunti nell’anno, parecchi cardinali si sarebbero uniti ai tanti sacerdoti e prelati presenti in coro: numerosi hanno inviato un messaggio per scusarsi di non poter partecipare.

Si notava, comunque, la presenza di mons. Di Noia, insediato alla Commissione ecclesia Dei per facilitare i rapporti con la Fraternità San Pietro; quella di mons. Perl, già responsabile della Commissione, e del suo
attuale presidente, mons. Pozzo, che quella stessa mattina aveva appreso la sua elezione ad arcivescovo ed elemosiniere del Papa. Mons. Wach, don Laguérie, don Cantoni dell’Opus Mariae e molti altri sacerdoti e religiosi come don Nicola Bux, e il padre Nuara, domenicano italiano, hanno voluto anch’essi essere presenti.

Ma è stata, soprattutto, un’iniziativa dei fedeli: diversi rappresentanti e personalità della Federazione Internazionale Una Voce, che erano presenti (Patrick Banken, Jack Oostveen, Leo Darroch, Jacques Dhaussy e altri…), hanno contribuito a far conoscere il pellegrinaggio, che è stato sostenuto con entusiasmo da don Claude Barthe. I loro sforzi hanno avuto successo, poiché si può dire che l’evento ha segnato una tappa importante nella “normalizzazione” della messa tradizionale, dopo tanti anni difficili nel corso dei quali numerosi istituti, fraternità, comunità l’hanno conservata nonostante venti e maree contrari. Ma non si è trattato di una conclusione: occorre vedere nell’evento un momento propulsivo, che si deve a tante
persone ostinate nel loro amore per la Chiesa, per la liturgia e per la messa, e che sta acquistando forza crescente. © 2012 Présent – France n° 7726 di Sabato 10 novembre 2012

Il Messaggio della Segretaria di Stato a nome del Santo Padre

Testo del Messaggio scritto dal Segretario di Stato a nome del Papa.

In occasione del pellegrinaggio internazionale organizzato a Roma per il 5° anniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum, Sua Santità Papa Benedetto XVI indirizza il suo cordiale saluto a tutti i partecipanti, assicurando loro la sua fervente preghiera.

Attraverso questo Motu Proprio, il Santo Padre ha voluto rispondere all’attesa dei fedeli legati alle forme liturgiche precedenti. Infatti, come ha scritto nella sua lettera ai vescovi per presentare il Motu Proprio, è cosa buona conservare le ricchezze che sono cresciute nella fede e nella preghiera della Chiesa e dar loro il giusto spazio, riconoscendo tuttavia pienamente il valore e la santità della forma ordinaria del rito romano.

In questo Anno della Fede promulgato mentre la Chiesa celebra il 50° anniversario del Concilio Vaticano II, il Santo Padre invita tutti i fedeli a manifestare in modo particolare la loro unità nella fede; così essi saranno artefici efficaci della nuova evangelizzazione.

Affidando tutti i partecipanti al pellegrinaggio a Roma alla materna intercessione della Vergine Maria, il Santo Padre impartisce loro di cuore la Benedizione Apostolica.

Tarcisio Card. Bertone, Segretario di Stato di Sua Santità.

Barthe: una speranza, “la prossima volta con Fellay”

PAPA: RISPONDERE A ATTESE FEDELI LEGATI A LITURGIA PRECEDENTE

di Salvatore Izzo – Città del Vaticano 4 nov.

Ai pellegrini tradizionalisti (oltre un migliaio) che ieri si sono recati in processione a San Pietro, il Pontefice ha fatto pervenire “di cuore” la sua benedizione apostolica con un messaggio inviato dal cardinale segretario di Stato Tarcisio Bertone. In esso, Papa Ratzinger ha inviato il “suo cordiale saluto a tutti i partecipanti, as­sicurandoli della sua fervente preghie­ra”.

Con il Motu proprio “Summorum Pontificum”, ricorda il messaggio, Benedetto XVI “ha desiderato rispondere all’atte­sa dei fedeli legati alle forme liturgiche precedenti”. Nel dare notizia del testo – non ancora pubblicato dalla Sala Stampa ne’ dal sito della Santa Sede – il quotidiano della Cei, Avvenire, cita la Lettera ai vescovi di tutto il mondo scritta dal Papa nel 2007 per presentare il Motu proprio Summorum Pontificum”, riportando il pensiero del Pontefice sul fatto che “e’ bene conservare le ricchezze che sono cre­sciute nella fede e nella preghiera della Chiesa e di donare loro il giusto posto”, riconoscendo sempre “pienamente il va­lore e la santita’ della forma ordinaria del rito romano”, frutto della riforma litur­gica postconciliare.

Da parte sua, Avvenire sottolinea che il pellegrinaggio “ha a­vuto come motto l’affettuosa espressio­ne ‘Una cum Papa nostro’, (‘Insieme al nostro Papa’), segno della grande devo­zione verso Benedetto XVI dei fedeli le­gati all’antica liturgia”.

Alla cerimonia in San Pietro hanno as­sistito alcune migliaia di fedeli, con mol­ti i giovani, segno che la liturgia tradi­zionale non è solo un retaggio delle ge­nerazioni passate. Al rito di ieri ha partecipa­to anche l’arcivescovo Augustine Di Noia, vicepresidente della Pontificia Commissione “Ecclesia Dei”, con mon­signor Guido Pozzo, il segretario della Commmissione che ieri il Papa ha pro­mosso arcivescovo Elemosiniere. Pre­senti anche monsignor Marco Agostini, cerimoniere pontificio, monsignor Ca­mille Perl, già vicepresidente di “Eccle­sia Dei” e monsignor Juan Miguel Ferrer Grenesche, sottosegretario della Con­gregazione per il culto divino. Cerimo­niere del rito e’ stato padre Almir de An­drade, officiale di “Ecclesia Dei”, che e’ l’organismo vaticano deputato a segui­re i gruppi ecclesiali legati alla forma straordinaria del rito romano.
Il messaggio del Papa e’ stato letto ieri in San Pietro dall’abbe’ Claude Barthe, che su “Le forum Catholique”, stamattina riporta uno scambio di battute con il cardinale Antonio Canizares, prefetto della Congregazione del Culto, cui era stato affidato il compito di celebrare il Pontificale dal quale – a detta dell’autorevole ecclesiastico francese – l’ex primate di Spagna “e’ uscito ‘el mar del contento’ cioe’ contentissimo, specialmente a causa dell’atmosfera di preghiera e in ragione della devozione degli assistenti (e di numerosi chierichetti). Il porporato spagnolo avrebbe chiesto infatti all’abbe’ Barthe: “C’erano membri della Fraternita’ San Pio X?”. “Ho risposto – ha raccontato l’abbe’ – che avevo riconosciuto numerosi fedeli della Fraternita’, cosa che gli ha fatto molto piacere.

Non ho individuato sacerdoti lefebvriani, ma i chierici erano troppo numerosi perche’ io li conoscessi tutti. Abbiamo concluso che la prossima volta sara’ sicuramente presente monsignor Fellay”, che e’ il superiore generale della Fraternita’. “Claro!”, avrebbe concluso in privato Canizares che, ricorda Barthe, “conosce personalmente monsignor Fellay”.

Grazie a tutti!

Thank you to all the pilgrims. As His Eminence, Cardinal Cañizares told the organizers tonight during a friendly supper: “It was moving to feel how fervent and reverent was the congregation.” If we had a great Catholic day today, it’s mostly because of the single pilgrims. You trusted us while we were nobody and Our Lady obtained all of us more than we expected. Deo Gratias!

Guillaume Ferluc
Segretario Generale del pellegrinaggio

La processione in vista della basilica