Inmaculado Corazón de María

Homilía del Cardenal Cañizares Llovera, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, pronunciada el sábado 3 de noviembre de 2012, en la Basílica de San Pedro de Roma

 

Sua Eminenza, il cardinale Cañizares LloveraQueridos hermanos y hermanas:

Celebramos la Eucaristía, donde se realiza el sacrificio redentor de Cristo, que se ofrece al Padre en la Cruz, en un sacrificio total por los hombres. Al pie de la Cruz, se encontraba María, su Madre. Y es allí donde Jesús nos la ha dado como Madre. Jesús se ha dado por entero a nosotros, hasta darnos a su Madre.

Al pie de la Cruz del Hijo, se encontraba María Santísima, Madre del Amor y Madre Dolorosa, por ser la Madre del «Hombre de Dolores». Junto a la Cruz de Nuestro Señor se devela por completo el misterio del Corazón Inmaculado de María y la sabiduría de Dios que la envuelve y la habita, sabiduría del amor que se hace plenamente presente en el Hijo, que nos ha amado hasta el fin, como en el sacrificio de la Eucaristía. La Virgen no abandona a su Hijo, Jesús, Hijo de Dios vivo, de quien es inseparable. Lo acompaña al Calvario, hasta el árbol de la Cruz, y lo recoge en sus brazos en el Descendimiento de la Cruz, inanimado, antes de su sepultura.

Al contemplar el Corazón Inmaculado, santísimo, de María, unido al Sagrado Corazón de Jesús, derramamos lágrimas de dolor y le presentamos nuestras súplicas confiadas, con amor sincero y confianza filial. El Corazón Inmaculado de María resplandece como un signo de consuelo y de firme esperanza para todos, y refleja la insondable ternura de Dios. Ella nos dio al Salvador y toda la alegría de su intercesión maternal es conducirnos a Él. Sería bueno que aprovechando su cercanía con todos y cada uno de nosotros, sus hijos, con nuestros sufrimientos, pudiéramos escuchar la voz de su Hijo, a quien acompaña al pie de la Cruz. Ese Hijo, que nos llama a volvernos a Dios, a mirar a Dios, a convertirnos a Dios con una vida conforme a la fe cristiana, una vida llena de la caridad de Dios, que es la única y verdadera sabiduría.

El Corazón Inmaculado de María, Madre de Piedad, en su amor y su entera proximidad a nuestros sufrimientos, nos invita a seguir a su Hijo, atrayendo hacia Él a todos los que están cansados, oprimidos por la vida, para entrar en la alegría, el consuelo, la esperanza que Dios nos ha reservado. El pueblo sencillo y fiel que acude a los pies de María, a su Corazón Inmaculado, extenuado bajo el peso de la vida, agobiado y afligido por sus pecados, encuentra en María, en su Corazón Inmaculado, el misterio de Cristo y de su Sagrado Corazón, que, en definitiva, es el amor de Dios. Justamente es allí, en la ternura de María, en su corazón santísimo, sus dolores y sus lágrimas, en sus ojos misericordiosos, donde descubrimos el amor infinito de Dios. En María, el pueblo, oprimido bajo el peso de sus sufrimientos y pecados, entrevé el amor del Padre, el don de este amor que es Cristo, en quien hemos sido amados sin límites, y la comunicación de este amor a nuestros corazones, que es el Espíritu Santo.

La Bienaventurada Virgen María al pie de la Cruz, donde nos ha sido entregada como Madre, al pie de la Cruz gloriosa en que se consuma la hora de Jesús, quien la acepta con plena obediencia al Padre, nos remite, de alguna manera, al momento simbólico de las Bodas de Caná, donde el pedido de la Madre a los servidores anticipa la hora del Hijo: «Haced lo que Él os diga». Palabras llenas de amor, de consuelo y de esperanza, también para nosotros.

Estas palabras contienen un mensaje de importancia vital para quien contempla el Corazón Inmaculado de María, un mensaje imprescindible para los hombres de todos los tiempos: «Haced lo que Él os diga». Aquí es donde se encuentra la verdadera sabiduría, la que es agradable a Dios. «Haced lo que Él os diga» quiere decir simplemente: «Escuchad a Jesús, mi Hijo, crucificado pero salvado ya por su Cruz gloriosa. Escuchad su palabra, la palabra del silencio de la Cruz, donde Dios habla y se dice enteramente. Acogedlo, seguidlo de la única forma posible: cargando la Cruz. Confiad en Él, verdaderamente y sin reservas, ofreciéndoos a Él como Él se entregó en las manos del Padre, obediente hasta el fin, hasta dar su Vida con un amor total, sin reticencia alguna, con plena decisión. Entonces veréis cómo todo se renueva, comprenderéis que con Él llega la alegría, el “vino nuevo” del amor, la victoria del amor sobre el odio y la violencia, el triunfo de la vida que transforma la muerte en vida y la victoria de la misericordia que llena el corazón del hombre y lo renueva todo. Por Él, todo cambia, todo se renueva, se transforma y se transfigura».

Debemos aprender a decir sí al Señor. Un sí lleno de alegría y de confianza. El Corazón Inmaculado de María, centro de su persona, de quine es la llena de gracias, santísima, la Virgen Inmaculada, la sierva fiel del Señor, totalmente sometida a la palabra de Dios, que vivió toda su vida con una total apertura a Dios, en perfecta armonía con su voluntad y con plena sumisión y obediencia a Aquél que ha hecho «grandes cosas» en Ella y por Ella. Así es su Corazón Inmaculado. Siempre y a cada instante, en especial en los momentos más difíciles, que alcanzaron su auge al pie de la Cruz, María puso todo su corazón, toda su vida en las manos de Dios, repitiendo siempre su «sí», mediante el cual la salvación llegó a los hombres. «He aquí la sierva del Señor. Hágase en mí según tu palabra». La existencia histórica de María, como la de su Hijo, se desenvuelve entre el «Aquí estoy, Dios mío, para hacer tu voluntad » de Jesús, en el primer instante de la Encarnación, hasta el « no se haga mi voluntad, sino la tuya» para concluir con el «entre Tus manos encomiendo mi espíritu» consumado en la Cruz.

***

«Haced lo que Él os diga». Esta breve frase encierra todo el programa de vida que la Santísima Virgen, después de haberlo conservado y meditado en su Corazón Inmaculado, hizo suyo y cumplió como primera discípula del Señor, y es el que nos enseña hoy. Se trata de un proyecto fundado sobre la base sólida y segura que se llama Jesucristo. Es el mismo fundamento que tanto el Beato Juan Pablo II como el papa Benedicto XVI nos han indicado como programa para este nuevo milenio. De hecho, ambos, con ocasión de este nuevo milenio, han hecho suya la pregunta dirigida a Pedro el día de Pentecostés: Hermanos, «¿qué debemos hacer?»

Nos hacemos esta pregunta con confiada esperanza, aunque sin subestimar los problemas actuales. La ingenua convicción de que existe una fórmula mágica para enfrentar los grandes desafíos de nuestro tiempo no nos convence. No, no será una fórmula la que nos salvará, sino una persona, con la certeza que Jesús nos infunde: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». No se trata, pues, de inventar un nuevo programa.

El programa ya existe. Es el de siempre, contenido en el Evangelio y la Tradición viva. Se funda, en definitiva, en Cristo mismo, a quien debemos conocer, amar e imitar para vivir en Él la vida trinitaria y transformar con Él la historia, hasta su perfección en la Jerusalén celestial, del mismo modo en que el Corazón Inmaculado de María está unido a Él. Es un programa que no cambia con el paso del tiempo y de las culturas, aun cuando tiene en cuenta el tiempo y las culturas para un diálogo auténtico y una comunicación eficaz. No se trata de ideas, de valores, sino de una persona, Jesucristo, y es el encuentro con Él, y sus consecuencias, lo que obtiene la Salvación. ¿No es acaso éste precisamente, el programa que debemos retomar con voluntad y fuerza renovadas en este Año de la Fe?

Queridos hermanos y hermanas, acerquémonos a la Virgen María y presentémosle nuestras súplicas filiales, a fin de que nos conduzca a su Hijo Jesús. Santísima Virgen María, Madre y Señora nuestra, Corazón Inmaculado de María, «muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre »; mediante tu intercesión, ayúdanos a ir a Él con tu auxilio y tu protección, para encontrarlo y «hacer lo que Él nos diga». Así, imitando tu ejemplo de discípula fiel y de sierva del Señor, podremos gozar, en esta etapa de la historia, del «vino nuevo» que anticipa la hora final y llena toda la realidad de la felicidad de la presencia de tu Hijo, Nuestro Señor.

***

Celebramos el sacrificio eucarístico en la hora de Nona, la hora de la Cruz, la hora de la misericordia. Demos gracias a Dios que nos permite celebrar el memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección, el memorial del misterio pascual de Cristo. Lo celebramos en la forma extraordinaria del único rito romano, según el Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI. Celebramos también esta misa el día en que la Iglesia de Roma recuerda a Santa Silvia, madre de Gregorio el Grande.

Todos los que participamos en esta Santa Misa, en este sacrificio de comunión y de alabanza de toda la Iglesia, queremos que sea verdaderamente una acción de gracias a Dios por todas las obras llevadas a cabo por el Santo Padre Benedicto XVI, especial, el Motu Proprio Summorum Pontificum, que constituye un don para toda la Iglesia, misterio de comunión, tradición viva y perenne que recibimos de los siglos pasados. En este año de la Fe, deseamos que sea, de acuerdo con el espíritu y el sentido litúrgicos proclamados por la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, una verdadera y real manifestación litúrgica de amor a la Iglesia y fidelidad a la Cátedra de Pedro. Queremos que sea también un signo y un testimonio de solidaridad y apoyo filial y afectuoso de los peregrinos aquí reunidos al Santo Padre, en las difíciles circunstancias actuales; y la expresión del deseo de participar en el movimiento y el impulso evangelizadores que el Papa, pastor supremo de la Iglesia, quiere dar a toda la Iglesia, al ofrecer de nuevo la juventud de la liturgia tradicional, que acompañó a los Padres conciliares durante todo el desarrollo del Concilio Vaticano II, que suscita hoy, más que nunca, numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas en el mundo dispuestas a evangelizar.

El gesto que hoy llevo a cabo quiere mostrar, una vez más, que nadie sobra en la Iglesia, como lo dijo el Papa durante su viaje a Francia. La sagrada liturgia se diferencia de las devociones privadas de los fieles por el hecho de que es el culto público de la Iglesia, celebrado con fe, con dignidad y siguiendo las prescripciones de los libros litúrgicos. Esta Santa Misa en forma extraordinaria, promovida por el Coetus internationalis Summorum Pontificum, debe constituir un signo de obediencia y de comunión con el Papa. Por esta comunión afectiva y efectiva con el Sumo Pontífice y los obispos unidos a él, somos católicos. Pedimos insistentemente la unidad –que viene de «unus», de estar juntos alrededor de Uno, Uno y Trino– y la paz, sinónimo de comunión –de «cum munera»–, poner juntos los carismas de cada uno. Pedimos que crezca la fraternidad entre todos en la caridad de Cristo.

Que Santa María, Madre de la Iglesia, Bienaventurada porque ha creído, Estrella de la Evangelización, nos ayude a todos los que nos alimentamos con el don del pan de Vida y la Palabra de Dios. Que el Corazón Inmaculado de María, enteramente unido al Hijo inmolado y abrumado por nuestros pecados, inseparable de la Cruz, al pie de la cual nos fue dada por Madre, nos muestre sus entrañas de misericordia, en particular a quienes estamos agobiados por el dolor y el sufrimiento, con quienes se identifica su Hijo Jesucristo.

Junto con el Romano Pontífice, confiamos a la Madre de Dios este momento de gracias. Ella nos conducirá a su Hijo, de quien nos podemos fiar. Será Él quien nos ayude, incluso en los momentos difíciles, a descubrir el camino de la fe y quien ilumine más claramente nuestra alegría y nuestro entusiasmo renovados por el encuentro con Cristo. Así sea.

 

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